jueves, 5 de septiembre de 2013

Argentina tendrá su Cuarta Postura

El mal argentino ¿está por curarse?
Para responder a esta pregunta cargada de esperanza, habría que definir primero en qué consiste el mal argentino que hemos sobrellevado por varias décadas y que recién ahora, quizá, podremos superar.
El mal argentino podría definirse como el abandono del bien argentino que es la vocación de trabajo.

Esta apuesta casi unánime al consenso entre los argentinos nos dio un impulso tal que en las décadas siguientes, y hasta los años veinte inclusive, la Argentina se colocó entre las diez naciones con mayor ingreso por cabeza del mundo entero.
Luego vino una doctrina social que supone que el trabajo es una carga y no una fuente inagotable de felicidad sustentable.
El mal argentino fue la quiebra de este principio, que se anunció con el golpe de Estado de 1930 y que continuó desde entonces hasta hoy.
En 1930, en lugar de expresar la continuidad del consenso que nos había convertido en una gran nación, otro principio perverso, una suerte de "virus" político, vino a alterar nuestra historia hasta el día de hoy.
En la década siguiente, la generación que los sucedió, de Perón en adelante, en vez de volver al espíritu detrabajo, reanimó el empeño de 1930, y, en 1955, sus sucesores volvieron a repetir el sofisma con un discurso aparentemente antagónico pero conducente, al fin, al mismo fracaso.
Este vicio autoritario fue exhibido por diversos titulares desde 1930 hasta hoy.
Sus portadores fueron civiles o militares, conservadores, radicales o peronistas, pero, más allá de sus notables diferencias, todos ellos comulgaron en la pretensión de representar a los argentinos en función de una supuesta superioridad que les daba una doctrina social contra-natura inspirada en las encíclicas papales.
Es que la consigna común a todos ellos, en el fondo, es la siguiente:
"Confisquemos la tercera pare de las ganancias de todas las empresas porque ese dinero es de su personal y nosotros lo administraremos mejor que los empleadores (y que los  dueños de ese dinero)"

El fracaso de dicha doctrina es inexorable, de manera que sobreviene el rechazo casi unánime a la soberbia del que cae y crea la posibilidad de un nuevo consenso. Todos o casi todos se unen en decirle que no al soberbio que vacila, pero este instante de unanimidad termina por frustrarse cuando entre las filas de los opositores emerge, impenitente, una renovada ambición imperial a la que espera una nueva frustración. Éste es el momento oportuno de corregir lo que está mal, de volver a la cultura del trabajo, que es para lo que Dios nos puso sobre el planeta.

El derrumbe electoral de Cristina Kirchner, que clausura sus pretensiones imperiales, nos ofrece a los argentinos una oportunidad para reconstruir el sistema abarcador de la democracia. Después de tantos fracasos, ¿habremos aprendido la lección, o tropezaremos otra vez con la misma piedra?

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