viernes, 12 de julio de 2013

¿El Estado esclaviza más que el patrón?

Analicemos la siguiente situación y veremos que el  Estado se queda con las ganancias de los sueldos más bajos.
Una de las formas de optimizar la rentabilidad de una empresa sería hacer el siguiente acuerdo interno previo de mutua conveniencia. 
Las futuras ganancias van a ser prorrateadas entre el empleador y el personal en la misma relación que muestren los respectivos costos del capital y personal intervinientes.

Para demostrar esa proporcionalidad, en primer lugar consideremos una empresa que no genera ganancias, una que está en equilibrio.

Supongamos que sus costos respectivos son $5 de materias primas, $2 del capital (lo que incluye interés, amortización, mantenimiento, impuestos inherentes y seguros) y $1 de costo de personal.
Estaría facturando entonces $8 para absorber todos sus costos.

Imaginemos ahora que se llegara a ese acuerdo interno para duplicar la producción en idéntico lapso, para lo cual el empleador debería comprar el doble de materias primas.
De lograrlo, la empresa pasaría a facturar el doble, $16. 
La pregunta es ¿A quién le pertenecen los $3 pesos que sobrarían luego de cubrir los nuevos costos que son sólo $13? ¿A quién le pertenece esa ganancia?

Si la empresa no hubiese afectado personal, es decir fuese totalmente mecanizada, indudablemente esos $3 le hubiesen pertenecido al empleador.
Pero, si por el contrario, la empresa no hubiese afectado capital alguno, indudablemente esos $3 le hubiesen pertenecido exclusivamente al personal que logró producir el doble en el mismo tiempo.
Obviamente entonces, para cualquier situación intermedia, esos $3 deben adjudicarse proporcionalmente a los respectivos costos.

Para el caso que nos ocupa entonces, hay que adjudicar $2 al empleador y $1 al personal de la empresa. Además, resulta lógico que si alguien produce el doble de lo que se esperaba de él, debe cobrar el doble.

Si consideramos demostrada la hipótesis, vayamos ahora a la realidad.
El Estado, que no participó de ese ACUERDO INTERNO del que surgieron esas ganancias, confiscará la tercera parte de ellas, y al resto se lo quedará el empleador. 
Resulta entonces, que lo que confisque el Estado sería el dinero del personal de esa empresa, que surgió exclusivamente de haberse esforzado más de lo esperado o de desarrollar su creatividad.

El Estado, si quisiera acompañar a las empresas, contrariamente a lo que hace, debería utilizar ese dinero para participar al personal de la empresa.
Si usted es dueño de una empresa y sabe que el Estado le garantizará que su personal tendrá insobornables ganas de trabajar y de aumentar su rentabilidad, no encontraría mejor inversión que contratar más personal.
El desempleo desaparecería en cuestión de meses.
Negocio redondo para todos.

Pero eso nos hace advertir que el Estado estuvo financiándose con dinero de sus miembros más pobres, apelando a ese engendro llamado Impuesto a las Ganancias. 
El Estado se estuvo haciendo el piola y por eso se auto-destruyó.




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